Atar de Ser debuta con A pesar del tiempo: un viaje entre la nostalgia, el caos y la honestidad emocional

El primer álbum de Atar de Ser no intenta reinventar el género, pero sí logra algo más complicado: hacerlo sentir real otra vez. A pesar del tiempo es un disco que se mueve entre el emo, el pop punk y el hardcore melódico, pero lejos de quedarse en fórmulas, encuentra su identidad en la forma en la que aborda el paso del tiempo, las rupturas y ese proceso incómodo de crecer.

Desde el arranque, el álbum deja clara su intención. “No dejaré que mi color se pierda en esta ciudad” funciona como una especie de declaración: resistencia personal frente a un entorno que intenta diluirte. Hay algo muy propio del punk en esa postura, no solo en el sonido —con un bajo que empuja desde el inicio—, sino en la actitud. Después, “00:00” baja la intensidad para entrar en un terreno más introspectivo, con guitarras limpias y entrelazadas que recuerdan al emo más emocional de los 2000, donde la vulnerabilidad no se esconde.

Cuando llega “El Fin del Mundo”, el disco encuentra uno de sus picos más explosivos. Es el caos convertido en canción: rápida, intensa y con esa sensación de que todo está a punto de romperse. En contraste, “El Celular” introduce una crítica más contemporánea, con un enfoque hacia la desconexión emocional en medio de lo digital, todo envuelto en una estructura más cercana al pop punk. “La Nostalgia”, por su parte, cierra este primer bloque como debe hacerlo un disco así: creciendo, tensándose y soltando todo en una catarsis que se siente más física que emocional.

La segunda mitad del álbum funciona como un descenso más reflexivo. “Nada es como antes” se siente como un himno directo, de esos que fácilmente podrían corearse en vivo, pero que cargan una sensación de pérdida constante. “Fantasma” y “Perla” muestran un lado más contenido, donde el espacio entre instrumentos cobra importancia y la voz toma un papel más protagonista. Aquí la banda entiende bien cuándo explotar y cuándo quedarse al borde, dejando que la emoción respire.

El cierre con “Asu Koto” termina de amarrar todo el concepto del disco. No es un final explosivo por inercia, sino uno que crece poco a poco hasta alcanzar un punto donde todo se siente saturado, como si el propio álbum estuviera procesando todo lo que dijo antes. Hay una sensación de aceptación: el tiempo pasó, las cosas cambiaron, pero algo queda.

A pesar del tiempo funciona porque no intenta disfrazar nada. Es un álbum que entiende el lenguaje del emo y el punk rock, pero lo utiliza para hablar desde un lugar más maduro. Aquí no hay drama vacío ni nostalgia forzada; hay memoria, desgaste y también un intento de seguir adelante. Y eso, dentro del género, ya dice bastante.